No basta con ser el perfil más conocido; la popularidad sin prestigio se ha vuelto un pasivo de alto riesgo.
Colaboración: JOSÉ MARTÍN RAMÍREZ PECH
La liturgia del poder político en México ha cambiado de piel, pero no de esencia. Durante décadas, el gobernador en turno fungía como el “Gran Elector” de su estado, un virrey institucional que palomeaba alcaldes, diputados y sucesores con
la soltura de quien reparte naipes. Hoy, ese monopolio regional exhibe fracturas definitivas. La narrativa oficial celebra el fin del “dedazo” local, atribuyendo la selección de candidaturas al veredicto supuestamente demoscópico y técnico de las encuestas. Sin embargo, la realidad analítica apunta hacia un fenómeno distinto: la transición de un feudalismo político disperso a un riguroso centralismo presidencial.
La directriz emitida desde Palacio Nacional introduce un concepto que busca blindar al partido oficialista: el filtro de los negativos. No basta con ser el perfil más conocido; la popularidad sin prestigio se ha vuelto un pasivo de alto riesgo. En el tablero electoral contemporáneo, un aspirante con alta recordación pero con abrumadores porcentajes de rechazo (asociado a escándalos de corrupción, nepotismo o mala gestión) es un candidato descartado. Esta regla de pragmatismo puro no nace de un purismo ético, sino del temor fundado al “voto de castigo” y a la vulnerabilidad de un flanco que la oposición pueda capitalizar.
Este viraje despoja a los gobernadores de su facultad histórica de imponer incondicionales. Bajo las nuevas reglas de juego, los mandatarios estatales se ven obligados a negociar con las comisiones nacionales de elecciones, entregando propuestas que deben pasar la aduana metodológica (y política) de la capital. Quien intente emular las viejas prácticas coloniales se topa con el veto central, justificado bajo el argumento de que “el pueblo decide a través de los datos”. El poder ya no emana de las casas de gobierno estatales, sino de los escritorios de la dirigencia nacional que opera bajo la sombra del liderazgo presidencial.
No obstante, el análisis crítico obliga a observar la paradoja de este modelo. Mientras se debilita el autoritarismo de los gobernadores para democratizar teóricamente los procesos, se robustece un sistema de control vertical donde la metodología de las encuestas carece, con frecuencia, de la transparencia que el electorado exige. La ” encuesta” se convierte así en un pragmático paraguas estadístico que legitima decisiones de Estado, depura perfiles incómodos y asegura que la lealtad al proyecto federal prevalezca invariablemente sobre los cacicazgos regionales. Las reglas cambiaron, el centro recuperó el control y los gobernadores pasaron de ser decisores absolutos a gestores de las directrices nacionales.
Ejemplo es lo que sucede en Quintana Roo ,CDMX y Tabasco
Los tres territorios que menciono son perfectos laboratorios políticos para ilustrar este fenómeno de centralización y el riguroso filtro de los “negativos”. Aunque cada uno tiene dinámicas locales distintas, la injerencia de las dirigencias y los lineamientos nacionales están reconfigurando el mapa del poder en sus procesos de selección.
Quintana Roo: El fin del feudalismo del “paraíso”
El contexto local: Históricamente, Quintana Roo ha sido operado como un botín de cuotas políticas regionales (entre Cancún, Playa del Carmen y Chetumal). Los gobernadores tradicionalmente decidían las alcaldías clave de la zona turística para blindar sus propios intereses económicos.
La realidad actual: El relevo generacional y de perfiles de cara al futuro político del estado (con nombres que puntean las encuestas locales como Eugenio “ gino” Segura o Rafael Marín Mollinedo) se define bajo la estricta métrica del “saldo de opinión” (positivos vs. negativos) dictada por la Comisión Nacional de Elecciones de Morena. El mensaje central a las cúpulas estatales ha sido tajante: un perfil con alta competitividad electoral pero con negativos abrumadores frente a la ciudadanía ya no es considerado elegible.
Ciudad de México: La joya de la corona y el filtro pragmático
El contexto local: La capital es el termómetro político del país. Aquí, el voto urbano es sumamente crítico y volátil; un mal candidato en una alcaldía no solo pierde esa demarcación, sino que puede generar un efecto dominó que arrastre los distritos federales y locales de la capital.
La realidad actual: La CDMX es donde más se cuida el flanco de los negativos. La dirigencia nacional sabe que la oposición capitalina suele capitalizar de inmediato cualquier escándalo de corrupción o mala gestión. Por ello, las decisiones sobre alcaldías de alta competencia se toman directamente en la mesa nacional de estrategia, neutralizando los intereses de los grupos y corrientes internas de la ciudad para evitar el voto de castigo urbano.
Tabasco: El laboratorio del purismo y el veto a la corrupción
El contexto local: Siendo la cuna del movimiento, los liderazgos locales históricamente se sentían con el derecho de mano para repartirse los municipios y las diputaciones locales bajo criterios de cercanía o compadrazgo.
La realidad actual: La postura del partido en este estado se ha vuelto radicalmente punitiva contra las trayectorias dudosas. Tras el relevo en la dirigencia nacional y el endurecimiento de los discursos partidistas, los representantes electorales en Tabasco han ratificado públicamente que los personajes señalados por corrupción o con antecedentes negativos evidentes quedarán excluidos. La nueva regla del juego en Tabasco es contundente: incluso si un aspirante gana la encuesta de conocimiento, si cuenta con denuncias de corrupción o un perfil impecablemente cuestionable, se le negará la candidatura.
En estos tres casos se evidencia la misma tesis: la “autonomía” del gobernador o de los líderes locales ha sido supeditada al interés estratégico del centro político, utilizando la medición de la opinión negativa como el cadenero que depura el acceso a las boletas electorales.
El caso de Nancy Núñez en la alcaldía Azcapotzalco encaja perfectamente en este análisis. Se ha convertido en un ejemplo palpable de las contradicciones entre los intereses de los grupos locales y la regla nacional del “filtro de negativos” de cara a las elecciones de 2027.
Azcapotzalco como el “Foco Rojo” de la Capital
El peso del desgaste: Informes y análisis políticos de la Ciudad de México destacan que la gestión de Nancy Núñez ha encendido alertas internas dentro de Morena. El principal flanco débil es la seguridad ciudadana, ubicando a la demarcación en los últimos lugares de percepción de seguridad en la capital. Esta falta de resultados alimenta directamente su tasa de opiniones negativas en las mediciones territoriales.
La paradoja de la reelección: Pese al adverso panorama en la opinión pública local, la alcaldesa mantiene su intención de buscar la reelección para un segundo periodo en 2027. Esto abre una brecha entre la ambición de continuidad del grupo gobernante y el pragmatismo electoral que exige el partido a nivel federal.
El Dilema de Clara Brugada: ¿Lealtad Grupal o Alerta Electoral?
El respaldo institucional: La Jefa de Gobierno, Clara Brugada, ha respaldado públicamente a Núñez. La considera una gobernante cercana y aliada al proyecto capitalino. Sin embargo, en el análisis crítico, este cobijo es visto por la oposición y sectores internos como un intento de imposición política que ignora el malestar ciudadano.
El riesgo del voto de castigo: Azcapotzalco ha sido históricamente una alcaldía altamente volátil y competitiva. Si la cúpula capitalina prioriza el compadrazgo o los acuerdos políticos sobre las encuestas reales de rechazo, Morena corre el riesgo inminente de perder la demarcación en las urnas ante un electorado que castiga la ineficacia en servicios y seguridad.
La Aduana de las Encuestas y los Relevos en la Mesa
La amenaza del veto central: Es aquí donde la directriz de Palacio Nacional choca con los planes locales. Si la regla contra los “negativos altos” se aplica con el rigor prometido, la candidatura de Núñez para la reelección podría ser vetada por la Comisión Nacional de Elecciones para evitar una derrota anunciada.
Los nombres en el tablero: Ante este escenario de desgaste, ya se barajan nombres en la cúpula nacional para un potencial relevo institucional. Perfiles como el de la diputada federal Gabriela Jiménez suenan con fuerza para competir por la candidatura de Morena en Azcapotzalco, respaldados por un intenso trabajo territorial que busca mitigar los “focos rojos” de la actual administración local.
Este escenario demuestra que la CDMX es el terreno más frágil para el partido: cuando los gobernantes locales intentan forzar continuidades basándose en el cobijo de la Jefatura de Gobierno, la terca realidad de los números de rechazo ciudadano y las encuestas nacionales terminan convirtiéndose en el verdadero juez del proceso.
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