Título: VUELO CU 495
Colaboración: Franck Fernández – Traductor, intérprete y filólogo

Es sorprendente ver como algunos tienen un doble rasero para medir las cosas. Esto lo vemos con frecuencia en las dictaduras. Yo tengo derecho a hacer esto, pero tú no.

Yo era muy pequeño en abril de 1958, aún no tenía mis cuatro años. Mi madre había acompañado a mi prima a una fiesta de jovencitos y yo estaba gruñón porque no me habían llevado. Mi padre, para consolarme, decidió llevarme a tomar helado. Me preguntó a dónde quería ir y le mencioné un lugar que estaba solo a 50 m del reluciente Habana Hilton. Recuerdo que estacionó el coche al fondo del Hotel, en la calle M del Vedado. No más íbamos pasando ya de regreso después de mi helado, a la altura del restaurante Trader Vic’s, cuando hubo una enorme explosión. Mi padre me tomó en brazos y salió corriendo hasta nuestro coche, que ya estaba muy cerca. Se trataba de una bomba que habían colocado los revolucionarios en el sótano del hotel.

Claro que fue un hecho que me marcó para siempre, porque han pasado muchos años y no lo he olvidado. Y es que aquellos que hoy acusan de terroristas a los que pacíficamente salen a las calles de Cuba (con razón por el descontento por 63 años de esperanzas perdidas, de sacrificios no recompensados, de promesas no cumplidas y de crímenes no condenados) fueron los que por decenas cometieron todo tipo de actos terroristas en los que murieron cientos de inocentes.

Uno de estos atentados poco conocido es el caso del vuelo de Cubana de Aviación con número de matrícula 495. Tenía la ruta La Habana – Miami – Varadero. El 1 de noviembre de 1958 salía de Miami el avión hacia Varadero con el vuelo ya con retraso. Había un empresario norteamericano con su familia que, por alguna razón que es me desconocida, inmigración de los Estados Unidos no quería que ese empresario saliera del territorio nacional. Después de muchas negociaciones, se le permitió al vuelo partir. El viaje debía durar solo 45 minutos. La tribulación era de solo tres personas: un piloto, un copiloto y una azafata.

Es necesario recordar que en aquella época los aviones eran pequeños. La cantidad de pasajeros era 14, por lo que la cantidad de personas que viajaban en el avión era de 17 personas. Ya sobrevolando los famosos cayos del sur de la Florida, cuando la azafata repartía los documentos de aduana, cinco de los pasajeros se levantaron, se pusieron trajes del movimiento 26 de julio de Fidel Castro, sacaron armas y dijeron que este era el primer secuestro aéreo del mundo. Esa información no era cierta. Ya se había producido antes de eso el secuestro de un DC4 en Bolivia.

Obligaron al piloto y al copiloto a dirigirse hacia la provincia Oriente porque, en realidad, el avión llevaba un importante cargamento de armas en sus bodegas. Quizás dinero también. Sabemos que los aviones salen con la cantidad justa de queroseno necesaria para su trayecto. Llegar hasta Oriente requería una cantidad de combustible que el avión no llevaba. Obligaron a los pilotos a aterrizar en el aeropuerto del central azucarero Preston, en la costa norte de Oriente.

No solo la pista era demasiado pequeña para ese avión sino que, por demás, la habían bloqueado con objetos para impedir su aterrizaje. Los pilotos hicieron lo que pudieron pero el avión terminó partiéndose en dos y cayendo en las aguas de la Bahía de Nipe, infectadas de tiburones. Solo hubo cinco sobrevivientes de las 17 personas que venían a bordo. Los hijos del empresario norteamericano de 2, 3 y 5 años fueron víctimas de este secuestro, también una mujer embarazada que había implorado clemencia por su hijo no nato. Uno de los pasajeros, de apellido Ponce de León, fue considerado como el jefe de la operación.

A solo dos meses del triunfo de Fidel Castro el 1 de enero de 1959 es evidente que pocas personas querían hablar del asunto. Ni del lado cubano, puesto que eran muchas las víctimas de los ataques terroristas, ni del lado norteamericano. En los Estados Unidos no se quería hacer mucho ruido. Ya estaba claro que Batista tenía perdida la guerra y el gobierno norteamericano apostaba por el joven de la Sierra Maestra del que no se sospechaba fuera comunista, en la medida en que lo repetía a cuanta oreja lo quisiera escuchar. Lo cierto es que la muerte de esas personas quedó impune.

El único sobreviviente de los cinco secuestradores, Ponce de León, terminó exilándose en Miami, la ciudad desde la que había planificado el secuestro del vuelo 495. Siempre negó su participación en los hechos, a pesar de que todo apuntaba a que no solo había sido participante sino también el cabecilla del grupo. Conocía muchos detalles del asunto como para haber sido un simple pasajero.

Queda claro que los empleados de Cubana de Aviación en el aeropuerto de Miami estaban implicados en la carga de esas armas en las bodegas del avión. En aquella época, Miami era una ciudad fidelista. Allí Fidel había recopilado fuertes sumas de dinero para su causa, como antaño lo hiciera José Martí en otras ciudades de la Florida. Los futuros dirigentes de Cuba negaron rotundamente su participación en la planificación de este secuestro.

La realidad de toda esta historia es una. Ni las víctimas de este secuestro terrorista, ni las de las múltiples bombas que desde la llegada de Batista al poder por un golpe de estado fueron vengadas en unos tribunales. Todos sus participantes quedaron impunes, salvo aquellos que fueron castigados por la mano de Dios.

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